Había caído de espaldas contra el suelo del jardín, con la cara al cielo gris de noviembre, cuando el dolor me atravesó las piernas como si me estuvieran clavando cuchillos al rojo vivo. Tenía ochenta y tres años, y en ese momento comprendí que algo muy grave acababa de pasarme. Las rodillas no respondían, los tobillos tampoco. Me arrastré como pude hasta el teléfono del recibidor, con los codos raspándose contra las baldosas frías, y marqué el número de mi hijo con los dedos temblorosos.

En la línea, sonó tres veces antes de que contestaran. Al otro lado se oía música de fondo, voces ajenas, risas. La voz de Takeo sonaba lejana, como si hablara desde otro planeta. —¿Mamá?
Ahora no te oigo bien, estamos en la recepción del hotel… —Takeo, me he caído. No puedo levantarme. Me duelen muchísimo las piernas, no las noto, por favor, necesito que alguien venga…
—¿Caído? ¿Cómo que caída? ¿Te has roto algo? —No lo sé, no lo sé, pero necesito ayuda, por favor, ve a buscar a un médico, dile que…
—Escucha, mamá. Es que si puedes llamar por teléfono, puedes llamar a una ambulancia tú misma, ¿no? Estamos en el vestíbulo y ya nos dan la habitación. Además, Raina ya me está haciendo señas…
Al fondo de la línea, alcancé a oír la voz de mi nuera, aguda, impaciente: —Takeo, date prisa, nos toca la cena en veinte minutos. ¡Dile que llame a una ambulancia y ya está! —Mamá, lo siento, llámate una ambulancia, ¿vale? Estamos en plan…
ya te llamamos luego. Cuídate. Colgó. No se despidió.
No me preguntó cómo había podido caerme. No le importó que estuviera en el suelo, sola, a oscuras, con las piernas hechas añicos y el teléfono aún en la mano. Me quedé allí, sentada en un charco de su propio sudor frío, escuchando el sonido plano de la llamada cortada. Así fue como mi propio hijo y mi nuera me dejaron tirada en el jardín de mi casa, perfectamente capaces de llamar a una ambulancia ellos mismos, pero completamente convencidos de que esa responsabilidad, como todo lo demás, me correspondía solo a mí.
Me llamo Natsu, y durante toda mi vida he sido una persona razonable. Trabajé cuarenta años como cuidadora infantil en una guardería, atendiendo a los hijos de los demás con una paciencia y una alegría que nunca tuve que fingir. Los críos me adoraban porque yo los adoraba de verdad. Cuando me jubilé, mi marido de toda la vida, Koichi, y yo nos mudamos a esta casita de las afueras de Tokio, con su jardincito lleno de azaleas y un pequeño porche donde cada mañana tomaba mi té verde preparado a mano, mirando las nubes.
Quince años atrás, Koichi falleció de un infarto una tarde de invierno, sin aviso, apoyado contra la mesa del comedor. La casa y el pequeño ahorro común que habíamos acumulado durante décadas de trabajo duro se quedaron en mis manos. Desde entonces, mi único consuelo era mi hijo Takeo, un chico serio y responsable que había estudiado en una buena universidad y trabajaba en una gran empresa. Yo estaba orgullosa de él.
Era lo único bueno que me quedaba en el mundo. Cuando conoció a Raina, comprendí de inmediato que ella habitaba un mundo diferente al mío. Era hermosa, de esas bellezas de uñas largas y cejas perfectas, que habla de viajes que ha hecho y de restaurantes que frecuenta como quien recita una lista de compras. Nos presentaron en el salón de una casa de té en Ginza, y ella apenas me miró mientras yo le sonreía con torpeza.
Cuando le ofrecí el té que había preparado con tanto esmero, ella lo bebió un segundo de más, con el dedo meñique levantado, y lo dejó sobre la mesa como quien deposita un insecto muerto. —Ah, es que casi nunca bebo té verde —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Soy más de café. En fin, ya me contarán ustedes de su vida.
En ese momento no lo supe, pero esa fue la primera grieta en un muro que nunca llegaría a derrumbarse, sino que se alzaría cada vez más alto entre nosotros. Takeo se casó con ella al año siguiente, en una ceremonia elegante que ellos pagaron a medias con sus salarios. Mi hijo, que siempre había sido tan frugal, de repente cambiaba de traje, anhelaba viajes al extranjero, hablaba de reformar el piso que alquilaban en un barrio cada vez más caro. Cuando Raina se quedó embarazada, híper, se llenaron de felicidad, pero también de gastos.
Yo, por mi parte, seguía con mi vida humilde en mi casita vieja. Los primeros años, Raina venía a casa al menos una vez al mes. Tomaba asiento en mi sofá de segunda mano, cruzaba las piernas estilizadas y miraba a mi alrededor con una mueca de desdén apenas disimulado. —Natsu-san, este sofá es de verdad muy antiguo, ¿no?
Ya le digo que debería dejar que le ayudemos a tirarlo todo y comprar algo nuevo. Yo conozco una tienda de muebles italiana, todo de importación, una maravilla… —No, no, a mí este está bien. Es mío, lo compramos con Koichi…
—Claro, claro, usted y sus recuerdos. ¿Y cuándo piensa reformar la cocina? Es que esa encimera con los azulejos amarillos da verdadera pena. Mi casa se convirtió, para ella, en un proyecto de renovación permanente.
Y como todo en la vida de Raina, ese proyecto implicaba mi dinero. Fue apenas un año después de la boda cuando sonó el teléfono. Takeo me llamó un martes por la tarde. —Mamá, ¿qué tal estás?
Escucha, mira, Raina y yo hemos pensado comprarnos un piso nuevo, más grande, porque viene el bebé y el espacio no nos da. Pero claro, para la entrada nos falta un poco y… —¿Cuánto? —Pues mira, nos faltan doscientas mil por poner, pero si nos prestaras…
—Coged las llaves del jardín, que tengo dinero en la cuenta. Os haré un préstamo sin intereses, como siempre. —¡Mamá, eres increíble! ¡Te lo prometo, te lo devolvemos, es un préstamo, palabra de honor!
Tomé el cuaderno azul que guardaba en el cajón del escritorio y apunté: «Préstamo a Takeo: 200. 000 yenes». Guardé el bolígrafo y respiré hondo. Era por mi nieto, me dije.
Por mi hijo, que por fin iba a ser padre. Las madres estamos para ayudar, siempre lo he pensado. El préstamo se convirtió en un flujo constante. Roña llegó con el nacimiento de Haru, y con él, un rosario de peticiones que nunca terminaba.
La primera vez que me llamaron fue para pedirme dinero para la niñera a tiempo completo. —Es que Raina tiene que volver a trabajar, mamá, y no podemos dejarlo con una extraña sin experiencia… —Yo puedo cuidarlo, no me supone ningún gasto ese aparte, puedo ir a vuestra casa y… —No, no, no, mamá, es que eso no es lo que ella quiere.
Ella quiere una profesional titulada, es distinto. Así que pagué la niñera titulada, y luego la guardería bilingüe. Luego los muebles nuevos para la habitación del bebé, de un diseñador escandinavo que costó una fortuna. Luego la silla de paseo que se plegaba con una sola mano.
Cada vez que me llamaban, tomaba el cuaderno azul y anotaba la cifra con el corazón en un puño. El préstamo se había convertido en una donación silenciosa. No recuerdo exactamente cuándo dejó de llamarme directamente mi hijo para cederme el teléfono a Raina. Supongo que fue ella quien lo sugirió, esa era su manera de mostrarme que tenía el control.
A partir de entonces, cada vez que sonaba el teléfono y descolgaba, en el altavoz sonaba su voz clara y dulzona. —¡Natsu-san! Qué bien que la he localizado. Mire, es que he visto un horno nuevo que se adapta perfectamente a la cocina que estamos terminando de amueblar, y claro, con el sueldo de Takeo no llegamos ni para las gotas del agua…
Un mes después, el aviso de transferencia llegaba a mi banco con el concepto «pago correspondiente a la ayuda familiar mensual» y un importe que siempre coincidía exactamente con lo que yo acababa de transferirles a su cuenta. Era como si hubiera una puerta de salida en mi cuenta corriente que desviaba el dinero directamente hacia la suya. Para cuando Haru cumplió cinco años, yo había contabilizado en mi cuaderno azul más de diez millones de yenes entregados a mi hijo y su mujer. Esos diez millones de yenes eran el total de mis ahorros de toda una vida, lo que me había dado mi marido entre dientes y esfuerzos, sin pedir nunca nada a cambio.
Cada vez que miplicaba una cifra, me decía a mí misma que era por su bien, que estaba invirtiendo en el futuro de mi hijo, en mi único nieto, en la felicidad de mi pequeño. Aguanta, Natsu. Lo importante es que sean felices. Pero cada vez hablaba menos con mi hijo.
Cuando me llamaba, no me preguntaba por mi salud; me daba noticias de mis nietos, claro, pero siempre estaba de paso, con un pie en la puerta. El padrino de Haru me contaba que Takeo escapaba de sus tareas cuando sonaba el timbre, que prefería pasarse la noche fuera a volver a casa y discutir con su mujer, que hablaba de mudarse más lejos para tener más espacio, de mudarse de verdad, lejos, a otro país. Yo asentía, tragaba saliva y me decía que las cosas se arreglarían con el tiempo. El tiempo, sin embargo, no las arregló.
El tiempo me trajo una gotera en el techo del recibidor. Fue un martes, no recuerdo bien, después de una noche de lluvia torrencial que azotó el tejado durante horas. Al día siguiente, al levantarme, vi una mancha húmeda de color marrón claro en el techo, y una gota gorda y fría que caía sobre el tatami del salón, justo donde estaba el altar con las fotos de Koichi. Me asusté de verdad.
Yo no sabía arreglar un techo. Nadie me había enseñado. Lo único que se me ocurrió fue llamar a mi hijo, como siempre había hecho en los momentos difíciles. —Takeo, hijo, por favor, es importante.
Hay una gotera en el salón, justo encima del tatami donde está el altar de tu padre. —¿Otra vez la gotera? —su voz sonaba distraída, como si yo le estuviera hablando del tiempo—. Pues llámale al casero, mamá.
—No hay casero, hijo. La casa es nuestra. De tu padre. —Ah, claro, la casa.
Pues contrata a un albañil, no sé. —¿Un albañil? Yo no conozco a ningún albañil. Podrías ayudarme a buscar uno, hijo, o preguntarle a tus amigos del trabajo…
—Mamá, de verdad que no tengo tiempo ahora mismo. Estoy en una reunión. —Pero es que, si no se arregla pronto, la viga se pudre y se va a caer el techo entero. No puedo vivir con una casa que se cae encima, Takeo.
Sorprendentemente, hubo un silencio, pero no de preocupación. Era un silencio incómodo, como si mi hijo estuviera decidiendo si valía la pena decirme la verdad. —Mira, mamá, te voy a ser sincero. Raina dice que ya estamos muy mayores para estar pagando el préstamo del piso y los gastos.
Y de hecho estábamos pensando… bueno, estábamos hablando de que quizás podrías vender la casa. —¿Vender…? —Sí, no sé, vender la casa, te sacas un dinero que os vendría de lujo.
Tú ya eres mayor para vivir sola, deberías irte a una residencia. Así tú estás más tranquila, y nosotros… bueno, con lo que nos sobre, yo que sé, podríamos invertir en algo. Colgué.
No en el sentido literal, porque él ya había colgado primero, con una prisa que sonaba como un portazo en mis oídos. Me quedé sentada en el suelo del pasillo, mirando el charquito que se formaba debajo de la gotera, con las manos temblando y el teléfono muerto en el regazo. Mi propio hijo me estaba sugiriendo, tan ricamente, que vendiera la casa donde había nacido y vivido, la casa que había construido con mi marido, la que guardaba todos mis recuerdos. Mi hijo quería mi dinero y mi silencio.
La gotera siguió ahí. Contra todo pronóstico, no se lo pedí a nadie más. Pedí un adelanto al banco, de mis propios ahorros, y contraté a un albañil local que me cobró 1,5 millones de yenes por arreglar el tejado y entretechar varias vigas. Me dolió mucho, no debo negarlo, pero me dolió más ver que ni una sola vez sonó el teléfono para preguntarme si estaba bien, si necesitaba algo, si prefería mudarme con ellos.
Raina me llamó una vez, y por un momento se me ilusionó el corazón. —Natsu-san, ¿qué tal? Le preparé un tupper de lasaña. Se la dejé al portero del edificio de su hermana, ya sabe, el de la puerta de al lado.
¿Han visto que está gordita? Dice que mejor para su salud. Una vez más, el fondo del asunto salió a la luz. —Es que…
He visto un bolso nuevo, de una marca francesa, que venden en el centro comercial de Shinjuku. Es de piel de verdad, de cocodrilo. Me costaría solo 400. 000 yenes.
Takeo dice que es una barbaridad, pero es que con lo que se ahorran si lo compro en la tienda libre de impuestos… —Toma, hija, toma. Es tuyo. Su voz se llenó de un brillo que jamás oí cuando hablaba de mí, y colgó sin decirme ni siquiera si el techo se había arreglado.
Esa noche, sentada frente a la comida del microondas, con el charco de la gotera secándose en el tatami, comprendí de verdad que yo no era la madre de nadie. Era un cajero automático con forma de mujer mayor. Dos años más tarde, sucedió lo que llevaba años temiendo: me caí otra vez. Fue en la parada del autobús, yendo a comprar el periódico.
Esta vez me rompí la cadera derecha. Me operaron y pasé tres meses de rehabilitación en un hospital. Mi hijo vino a visitarme el segundo día, con una cara de culpa mal disimulada y una caja de fruta cara que seguro que le habían regalado en el trabajo. —Mamá, lo sentimos mucho de verdad.
Raina está fuera, ha ido por unos asuntos de su hermana a Osaka… Oye, oye, lo siento muchísimo. Huele fatal aquí. —El método de curación es este —le dije, con la voz abriéndose paso entre el dolor de la herida—, me caí y me llamo Natsu.
Nos miramos. Se esperaba que yo le dijera que no se preocupara, que entendía, que volviera a su casa a por esa chaqueta nueva que tan bien le queda. En lugar de eso, respiré hondo y me metí las sábanas del hospital hasta la barbilla. —Takeo, ya soy mayor.
He estado pensando que tal vez, después de todo, ha llegado el momento de que me mude a una residencia para mayores. —¿De verdad, mamá? ¿En serio? ¡Eso es estupendo!
Te buscamos una de las mejores, no te preocupes por el dinero. Nosotros nos haríamos cargo de la parte que no cubra tu pensión… —No, había pensado que pagaría la residencia con la venta de la casa. Se le congregó en la cara la sombra de una sonrisa, pero no era una sonrisa de alivio.
Era la sonrisa de quien ve una cartera abierta en la acera. —Claro, claro. Claro que sí. Vender la casa, por supuesto.
Por supuesto que se vende, y te sacas un pico. Yo te ayudo a buscar una, te mando los precios por correo, o te llamo con el banco si hace falta, o… —Takeo. Se detuvo a medio crujido.
—He decidido que la casa no se vende. La casa se queda como está, hasta que yo muera. —¿Cómo que no se vende? Pero si acabas de decir que querías una residencia…
—Quiero una residencia, sí. Pero no pienso poner la casa a tu nombre ni dejar que la vendas para invertir la herencia en nada. Mientras yo viva, la casa es mía. Y en cuanto a la residencia, ya miré algunas ayer en internet.
Las hay estupendas, pero cuestan mucho dinero. Demasiado para mi pensión. Así que he decidido quedarme en mi casa, con mi gotera arreglada, hasta que Dios quiera. Se me quitará la excusa para andar corriendo a pedirte ayuda.
Ya estoy acostumbrada a hacerlo sola. —Pero mamá, ¡eso es absurdo! No puedes vivir sola con tu salud. Y nosotros con la niña…
la niña te echa mucho de menos, está deseando venir a pasar los veranos contigo, en una casa tan vieja y tan vacía… —¿En casa vacía? No está vacía, la lleno yo. —Toqué el crucifijo que llevaba al cuello, el de Koichi, con mis dedos nudosos—.
La vaciaron los recuerdos, hijo. Cuando vengas a recoger lo que te tengo apartado del ajuar, te daré también la vajilla de la abuela, que llevo años guardando para que tú la conserves. Tomé su mano entre las mías. Estaba fría.
—No voy a morir mañana, no te hagas ilusiones. Pero cuando me muera, ya habrá tiempo. Y no quiero que te sientas culpable. No lo eres.
Es lo que hay. Tú nunca me lo has pedido a gritos, pero tu mujer ha afilado el cuchillo por su lado. Supongo que es lo que hace una madre: seguir en pie hasta el final, para que su hijo no sienta el golpe demasiado fuerte. Anda, vete.
Descansa. Ya nos llamaremos. Esa fue la última conversación de verdad que mantuvimos durante mucho tiempo. Tardé un año en volver a verlo.
Me llamaba de vez en cuando, siempre con la misma letanía: que si se habían quedado sin dinero, que si el director del colegio de la niña pedía más, que si el techo del coche hacía un ruido raro. Yo escuchaba, asentía con la cabeza, y cuando la conversación se hacía insoportable, inventaba una excusa: me dolía la pierna, me esperaba la enfermera, tenía que regar las plantas. Dejé de llamarles. Ellos, por supuesto, dejaron de llamarme a mí.
Una tarde de jueves, me llegó por fin la pensión completa. Abrí la carta del banco y me quedé mirando la cuenta corriente. Los números no hubieran sido tan chocantes si no hubiera sido por la cantidad: todavía conservaba 3,2 millones de yenes de mis ahorros originales, escondidos en una cuenta que nunca les había mencionado. Mi cuaderno azul contabilizaba pacíficamente ayudas y cesiones: once millones de yenes entregados en cuatro años.
Cogí el teléfono y marqué el número de mi hijo. Necesitaba hacer algo que llevaba mucho tiempo demorando. —¿Mamá? ¿Qué pasa?
¿Te has caído? —No, no me he caído. Estoy bien. Escucha, Takeo, que te quería hacer una pregunta.
—¿Sí? —Tú y tu mujer siempre habéis dicho que me ayudabais a pagar las cosas, ¿verdad? Que me echabais una mano con la casa, con las facturas, que estabais ahí para lo que hiciera falta. Se hizo un silencio al otro lado.
Un silencio largo, en el que no oía ni su respiración. —Sí, claro, mamá. Ya sabes que sí. —Pues eso.
Que ya me he enterado de que las cosas no van tan bien por casa. Que sé que esto os vendrá bien. Os he ingresado una pequeña cantidad, por si os hace falta. Es lo que una madre debe hacer.
Colgué antes de que pudiera decir nada más. Me quedé sentada en el sofá, con el sonido del clic en la oreja, mirando el salón vacío. La gotera ya no caía. El techo lucía una mancha clara y seca, como un recordatorio de lo que había pasado.
Tardé tres días en volver a coger el teléfono. Esta vez no llamé a mi hijo. Llamé a una de mis antiguas compañeras de la guardería, la que seguía en activo, y le pregunté si sabía de alguna asociación de ex-cuidadoras que organizara bolsas de trabajo para jubiladas aburridas. Me contó que buscaban voluntarias para programas de acompañamiento a niños con necesidades, que les pagaban un pequeño estipendio por comida y transporte, y que si me apetecía, que fuese la próxima semana a presentarme.
Colgué con el corazón palpitante. Por primera vez en mucho tiempo, la perspectiva de algo me llenaba de ilusión. La pequeña transferencia que le había hecho a mi hijo había sido la clave: 500. 000 yenes que me los pedí prestados a mí misma, como quien se pide un café.
Tres meses después, el desastre financiero que les preveía les llegó a ellos. El director del colegio de la niña los llamó a una reunión: les debían tres meses de matrícula, y la familia no podía seguir sufragando el coste de los uniformes y los libros. Al mismo tiempo, Raina apareció en los titulares de los periódicos locales por un lío con un préstamo personal que había pedido a una empresa de créditos al consumo; la financiera la estaba demandando y la deuda ascendía a una cantidad que la hacía estremecerse. Mi hijo vino a casa, por sorpresa, un domingo por la mañana.
Me lo esperaba: trasnochado, con la barba sin afeitar y una corbata torcida que olía a tabaco y a estrés. —Mamá, necesito hablar contigo. —Pasa, pasa, justo estaba preparando el té. Se sentó en el sofá del salón, donde tantas veces lo vi de pequeño, jugando con sus cochecitos.
Ahora miraba al suelo, como si le costara mantener la cabeza levantada. —Mamá, nos hemos quedado sin dinero. Todo… todo lo de Raina ha sido un desastre.
El negocio de la estética que montó con su amiga se fue a pique, la inversión que hicimos en esas acciones… fue un timo, mamá, un timo monumental. Y ahora nos piden el piso, Haru lleva el uniforme del año pasado y los zapatos a punto de romperse. No sé qué hacer.
—Lo sé, hijo. Lo sé. Levanté la vista de mi taza de té, y me miró por primera vez. Sus ojos estaban tan cansados como hacía años que no los veía.
No hundidos por la bebida, sino por el dolor genuino. Me puse en pie, fui al armario del pasillo y saqué la caja de galletas metálica, la que estaba lacrada con cinta celofán y sobre la que descansaba una pluma de plata. La abrí delante de él. Dentro había fajos de billetes bien ordenados, con sus bandas elásticas, encima de un cuaderno azul con las letras «AHORRO DE NUEVA VIDA» en caligrafía.
—Esto es 3,2 millones de yenes, hijo. Es todo lo que me queda de los ahorros de tu padre. Los escondí cuando vi que me vaciábais la cuenta. —¿Qué…?
Pero si yo creía que nos lo habíais dado todo… —Me quedé sin nada, Takeo. Me quitasteis hasta la última gota de todo lo que podía daros. Solo me quedaron estas migajas que no habéis podido encontrar.
Y las he estado ahorrando para la niña, para sus futuros estudios. Tomé un fajo de billetes y se lo tendí. Me miró fijamente, con los ojos anegados. —No quiero eso, mamá.
No vengo por eso. He venido a… a disculparme. —¿A disculparte?
—Por haberme creído lo que me contaba Raina, por haberme alejado de ti. Por haberte tratado como una vaca lechera toda la vida. Por haber permitido que se llevara hasta tu jubilación. Por haber pensado que…
que mi dolor me daba derecho a hacérselo pagar a todo el mundo. Se tapó la cara con las manos. Un sollozo ronco le sacudió los hombros. Me quedé paralizada, asustada, porque no recordaba la última vez que había visto llorar a mi hijo así.
No supe si el llanto era por vergüenza, por alivio o por un dolor más profundo. Nos quedamos sentados en silencia durante lo que me pareció una hora. Cuando por fin levantó la cabeza, tenía los ojos enrojecidos pero una expresión serena, más serena de lo que la recordaba en los últimos quince años. —He dejado a Raina.
Bueno, ella me ha dejado a mí. Todo este escándalo, este lío de deudas, ha sido demasiado. Ha recogido sus cosas y ha vuelto con su madre, llevándose a la niña. —¿Y vosotros qué vais a hacer?
¿Y la niña? ¿Vais a por ella? —No, mamá. No la pude quitar.
La demandaré por la custodia si hace falta, pero ella está bien, está con su abuela, le están dando una educación estricta pero tampoco la deja maltrar. Yo lo he perdido todo. Se quedó callado un momento. —Lo he perdido todo, mamá.
Y usted siempre ha estado ahí. Siempre con el té. Siempre con las flores. Siempre dispuesta a darme otra oportunidad aunque yo no me la merecía.
Se levantó del sofá como pudo, con un esfuerzo visible, y se arrodilló en el suelo de tatami, como hacía de niño cuando le reñía, con las manos sobre las rodillas. —Perdóname, mamá. Sé que es tarde, pero te juro que no he vuelto a por dinero. No he venido a recuperar nada.
—Lo sé, hijo. Lo sé. Lo levanté con mis dos manos de las mejillas. Estaba flaco, cansado, un rostro demacrado que lo que esperaba ver en las fotos de Navidad, sonrisas falsas y trajes caros.
Le limpié las lágrimas con el borde de la manga. —Pero aún no me has preguntado de dónde saqué el dinero para tu padre y yo. Me miró desconcertado. —Siempre nos preguntasteis por el préstamo del gimnasio de tu padre al final, aquel de hace veinte años.
Yo mentí. Dije que se lo había perdido su amigo. La verdad es que ese dinero lo puse yo, de las horas extra que echaba en la guardería, con los críos pequeños, para no acudir al banco. Se le ensombreció la cara.
—Fuiste tú quien pagó la deuda de papá. Y te lo dije para protegerte… —Lo sé. Y por eso nunca te dije nada sobre las extracciones de la cuenta de ahorros.
Porque sabía que me estabais robando a escondidas. Pero te ibas a enterar tarde o temprano, y cuando te enterases, quería que supieras que estaba avisado. Coloqué el fajo de billetes sobre la mesa, entre nosotros, junto al cuaderno azul. —Yo no soy tu madre, Takeo.
No soy tu banco. Soy una vieja que tiene ocho años de excedencia para esperarla si así lo desea. Pero esta es tu herencia. No la toquéis más.
La he guardado para vuestra hija. Para que tengáis lo que yo no tuve: un piso con el que no tengáis que engañar a nadie, y unos abuelos que no tengan que robar para daros de comer. Ahora vete. Lávate la cara, anda, que tienes una pinta que da pena.
Cuando se fue, con el fajo de billetes sobre el pecho y una sonrisa frágil en los labios, me quedé mirando el bolígrafo del cuaderno azul. No sé si fue la falta de costumbre o qué, pero me reí en voz baja. Me reí sola, en el salón vacío, con la casa limpia y el té enfriándose sobre la mesa. Al día siguiente, puse un anuncio en el tablón de la asociación de vecinos: «Jubilada imparte clases gratuitas de lectura y escritura para niños desfavorecidos.
Lunes y miércoles, de 3 a 5. Traer cuaderno y lápiz. » El martes llamó una madre. El miércoles por la tarde me encontré con cinco críos alrededor de la mesa del comedor, riéndose, con las mangas manchadas de pintura.
Uno de ellos, un chaval flaquito que me recordaba a Takeo cuando tenía esa edad, me preguntó tímidamente:
—Abuela, ¿y tú de verdad me vas a enseñar a leer? —Llámame Natsu-sensei, guapo. Y sí. Te voy a enseñar a leer mucho mejor de lo que nunca me enseñaron a mí a hacerlo en la escuela.
Esa noche, cuando el sol se ponía entre los edificios, me senté en el porche y miré el jardín. Las azaleas que planté cuando nació Haru seguían floreciendo, pese a los años de abandono. Junto a la puerta principal, sobre la repisa, una jarra de té verde aún tibio, de la que bebí a sorbos. Me prometí a mí misma que, al menos esta vez, haría las cosas bien.
Que no volvería a esperar nada de nadie. Que el cuaderno azul se quedaba en el cajón, pero que a partir de ahora, las únicas cuentas que iba a rendir eran las mías. En el interior sonaba el timbre de la puerta. Haru, que había venido a pasar el fin de semana, me llevaba un pastel de queso que compró con su dinero del cerdito, y que me entregó todo azorado.
Y al fondo, con las manos en los bolsillos, con una corbata recién estrenada que chocaba con sus ojos tristes pero con cierta luz nueva, vi a mi hijo. —Hola, abuela. ¿Te apetecería venir a dar un paseo con nosotros al parque? Es que Haru quería ver los patos del estanque…
Me levanté con calma de la butaca y me crucé de brazos. —¿Y quién paga el helado? —¡Yo! —gritó Haru, sacando unas monedas del bolsillo.
Sonreí. Y por primera vez en mucho tiempo, la vejez no me pareció una condena, sino una oportunidad. No sabía qué me deparará mañana, ni los meses, ni los años que me queden. Pero mientras tuviera mis piernas, mis manos y un sentido que me llenara la vida, no les necesitaría para que me dijeran cuánto valgo.
Porque ya lo sabía. Siempre lo había sabido. Solo necesitaba que me devolvieran el espejo para volver a mirarme a mí misma.