El día que murió, apenas tenía veinticuatro años. Murió en un incendio, y ahora estaba de rodillas frente a su tumba, sintiendo el peso de una culpa que no me abandonaba ni en sueños. Emiliano apareció detrás de mí, con el rostro gris y los ojos vacíos. Llevaba días sin dormir, eso se le notaba en cada gesto.

Me miró como si yo fuera un extraño, alguien que había llegado a profanar un lugar sagrado. —No tienes derecho a verla —dijo con la voz rota. —Por favor, solo quiero despedirme. —¿Despedirte?
¿Y ahora lloras? ¿Qué derecho tienes tú de llorar? Intenté explicarme, pero las palabras se me atascaban en la garganta. Antes de morir, ella me llamó.
Su última llamada fue para mí. Yo estaba en la ducha y no contesté. Cuando por fin salí, ya era tarde. La noticia llegó como un puñetazo: su casa envuelta en llamas, su cuerpo reducido a cenizas.
Emiliano no me perdonó. Y tampoco se perdonó a sí mismo. Durante semanas lo vi consumirse. Dejó de hablar.
Dejó de comer. Solo iba al cementerio, a todas horas, bajo la lluvia y bajo el sol, con un ramo de peonías frescas que dejaba sobre la lápida. Yo lo observaba desde lejos, sin atreverme a acercarme. Un día me buscó.
Tenía los ojos encendidos, como si hubiera encontrado una razón para seguir vivo. —He encontrado al asesino. No me dio tiempo a preguntar nada. Salió corriendo, y yo detrás de él, gritándole que no hiciera ninguna locura.
Pero ya era tarde. Lo encontraron muerto frente a la tumba de Valeria. Se había inyectado veneno después de vengarla. Su última venganza fue también su última condena.
Yo quedé allí, de rodillas, viendo su cuerpo sin vida, y sentí que el mundo entero se derrumbaba. Entonces abrí los ojos. —Buenos días, Valeria. ¿Otra vez con pesadillas?
Parpadeé, confundida. Delante de mí estaba la enfermera de la universidad, con su bata blanca y su sonrisa profesional. Miré a mi alrededor: la habitación, la ventana, la mesa con los apuntes. Todo era igual que siempre.
—¿Qué año es? —pregunté con la voz temblando. —2020, ¿por qué? 2020.
Seis años antes de mi muerte. Me llevé las manos al pecho y sentí mi corazón latiendo con fuerza. Sentía dolor. Sentía el calor de mi propia piel.
No era un sueño. Había vuelto a la vida. Tenía dieciocho años otra vez. Y Emiliano estaba vivo.
No lo dudé ni un segundo. Salí corriendo hacia la facultad de medicina. Recordaba la discusión de aquel día con una claridad absoluta. Por culpa de Santiago, había discutido con Emiliano.
Él y don Ernesto querían que estudiara Medicina. Era su mayor ilusión, y también la mía. Pero yo lo había tirado todo por un hombre que jamás me quiso. Esta vez no iba a cometer el mismo error.
Marqué su número una y otra vez, pero no contestaba. El corazón me latía tan fuerte que creí que iba a reventar. Cuando por fin lo vi cruzar el pasillo de la facultad, con su bata blanca y ese aire serio que siempre tenía, me lancé a sus brazos. —Emiliano.
Él se quedó quieto, sorprendido, pero no me apartó. —¿Estás bien, Valeria? Estás muy pálida. No podía explicarle que lo había visto morir, que lo había visto vengarme y destrozarse por mi culpa.
No podía decirle que en mi vida anterior lo había traicionado por un idiota que no merecía ni una sola de mis lágrimas. Solo podía abrazarlo y prometerme a mí misma que esta vez no lo dejaría caer. La vida universitaria comenzó de nuevo, pero yo era una persona distinta. Dejé de perseguir a Santiago.
Dejé de fingir que me importaba su atención. Cuando Emiliano me preguntó qué carrera iba a elegir, no lo dudé. —Medicina. Quiero estudiar en la Universidad de Rhode Island.
—¿Y por qué esa universidad? —preguntó con una ceja levantada. —Porque está cerca de ti. Se quedó en silencio, pero vi cómo sus mejillas se teñían de un rosa apenas perceptible.
Aquel gesto me dio esperanzas. En mi vida anterior, nunca había visto a Emiliano sonrojarse. Los días pasaron. Comenzamos a comer juntos.
A estudiar juntos. Él seguía tratándome como a una niña, trayéndome caramelos cuando me veía triste y regañándome cuando me pasaba de lista. Pero yo ya no era esa niña. Yo sabía lo que quería.
Y quería a Emiliano. Un día, mientras caminaba por el campus, me encontré con Santiago. Venía acompañado de sus amigos de siempre, con esa sonrisa de chico malo que tantos estragos me había causado. —Valeria —me saludó, como si nada hubiera pasado.
—Santiago. —Oye, ¿por qué ya no me hablas? Antes siempre querías estar conmigo. —Porque ya no me gustas.
Y además, creo que tienes novia. No esperé su respuesta. Me di la vuelta y me fui. Pero lo que no esperaba era verlo aparecer al día siguiente en la misma facultad, matriculado en la misma carrera, con los mismos horarios.
Me seguía a todas partes. A la cafetería, a la biblioteca, incluso a la parada del autobús. Era agotador. —¿Por qué me evitas?
—me preguntó un día, acorralándome en el pasillo. —Santiago, te lo he dicho mil veces. Ya no me gustas. Déjame en paz.
—No te creo. Sé que todavía sientes algo por mí. —¿En qué mundo vives? —bufé, apartándolo de mi camino.
Pero Santiago no se rindió. Empezó a escribirme cartas de amor, a dejarme regalos en la taquilla, a enviarme mensajes a todas horas. Yo los tiraba a la basura sin leerlos, pero él no entendía. Un día, cansada de tanta insistencia, lo encaré frente a todos.
—¿No entiendes que no te quiero? ¿Qué parte de “no” te cuesta entender? —Pero si antes… —Antes era una idiota.
Ahora ya no lo soy. Y me fui, dejándolo con la boca abierta. Mientras tanto, mi relación con Emiliano seguía creciendo. Él me había regalado un ramo de peonías, sus flores favoritas, y yo las conservaba en mi habitación como un tesoro.
Cuando se marchitaron, me prometió que me traería flores frescas todos los días. —¿Por qué me regalas flores? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta. —Porque una vez me dijiste que, la próxima vez, querías un ramo de peonías.
Sonreí, sentí el corazón a punto de salírseme del pecho. Emiliano era un hombre de pocas palabras, pero cada una de ellas valía más que todos los discursos del mundo. Don Ernesto, que me veía llegar a casa cada día con una sonrisa nueva, empezó a sospechar. —¿Qué le pasa a esta niña?
Antes no paraba de hablar de ese tal Santiago, y ahora solo tiene ojos para mi nieto. —Abuelo, no digas tonterías. —Yo no digo tonterías. Yo veo cosas.
Y tenía razón. El verano pasó rápido. Mientras tanto, me incorporé al centro médico de la familia, donde don Ernesto me enseñaba todo lo que sabía. Emiliano también estaba allí, supervisando mis prácticas con una seriedad que no lograba ocultar su orgullo.
—Lo estás haciendo muy bien, Valeria. —Gracias, doctor. —¿Cuántas veces te he dicho que no me llames doctor? —Las que hagan falta.
Un día, mientras revisábamos unos informes, don Ernesto se llevó la mano a la cabeza y se mareó. Lo llevamos al hospital rápidamente. Los médicos nos dieron la noticia que más temía: tenía un tumor cerebral. —Don Ernesto, no se preocupe.
Si lo detectamos a tiempo, podemos operarlo. —No quiero operarme. Yo estoy bien. —Abuelo, por favor.
Déjate ayudar. Al final aceptó. La operación fue un éxito, pero el postoperatorio fue duro. Yo pasaba las noches a su lado, velándolo, sosteniéndole la mano.
—Valeria —me dijo una mañana, con la voz débil—. ¿Ya tienes la carta de admisión? —Sí, abuelo. Me han aceptado en Medicina, en la Universidad de Rhode Island.
Una lágrima le rodó por la mejilla. —Al fin. Al fin mi nieta cumplirá su sueño. —Será tu sueño, abuelo.
Y también el mío. Un día, mientras paseaba por el campus, un mensajero me entregó un sobre. Era la carta de admisión a la Universidad de Rhode Island. La abrí con las manos temblando.
Estaba dentro. Había conseguido la plaza. —¿Qué es eso? —preguntó Emiliano, que apareció a mi lado sin previo aviso.
—Mi carta de admisión. Estudiaré Medicina. —Eso ya lo sabía. —Pero ahora es oficial.
Me sonrió, y esa sonrisa valía más que todos los títulos del mundo. La universidad comenzó. Los primeros días fueron un caos de horarios, asignaturas y nombres nuevos. Pero Emiliano estaba allí, como siempre.
Me había comprado una casa cerca del campus, y aunque me negué a aceptarla al principio, al final no tuve más remedio. —¿Por qué has hecho esto? —le pregunté, sentada en el sofá de mi nueva casa. —Porque estás cerca de la universidad.
Y así puedo cuidarte. —Yo ya soy mayor para cuidarme sola. —Eso no lo decides tú. Me enfadé, pero en el fondo me encantaba su actitud protectora.
Era la misma actitud que había tenido en mi vida anterior, ese deseo constante de velar por mí. Un día, mientras exploraba el campus, me encontré con Andrea Mendoza, una amiga de la infancia de Emiliano. Era guapa, elegante, y parecía conocerlo mejor que nadie. —¿Tú eres Valeria?
—me preguntó—. Emiliano me ha hablado mucho de ti. —¿En qué términos? —En términos muy cariñosos.
Dice que eres como una hermana pequeña. Una hermana pequeña. Eso era lo que yo era para él. Santiago, por su parte, no dejaba de aparecer en mi camino.
Un día, se presentó en mi casa con una botella de vino y los ojos vidriosos. —Valeria, he venido a disculparme. —Santiago, son las once de la noche. —Sé que te he hecho daño.
Sé que en el pasado fui un imbécil. Pero quiero compensarte. —Ya me lo has dicho mil veces. Y la respuesta es la misma.
—Pero… —No hay pero. No te quiero. No te he querido desde hace mucho tiempo.
Déjame en paz. —¿Quieres a Emiliano? —¿Y a ti qué te importa? —Todo el mundo habla de vosotros.
Dicen que estás colada por él. —Pues que digan. Se marchó, furioso entre dientes, pero yo ya no le temía. La única persona que me importaba era Emiliano.
Con el paso de los meses, mi relación con Emiliano se fue estrechando. Compartíamos comidas, estudios, confidencias. Pero cada vez que intentaba acercarme más, él ponía distancia. —Emiliano, ¿por qué no me dejas que me quede contigo esta noche?
—Porque ya eres mayor. Y las cosas han cambiado. —¿Qué cosas? —Muchas cosas.
Un día, mientras paseábamos por el jardín, le pregunté directamente. —Emiliano, ¿tienes sentimientos por mí? —¿Qué tipo de sentimientos? —Sentimientos románticos.
Se quedó en silencio, mirando al suelo. Cuando por fin levantó la vista, sus ojos brillaban con una intensidad que no había visto antes. —Valeria, eres todo para mí. Pero eres joven.
Tienes toda una vida por delante. No quiero atarte a alguien como yo. —¿Y si yo quiero estar atada a ti? —No digas tonterías.
—No son tonterías. Te quiero. Y quiero pasar el resto de mi vida contigo. —No sabes lo que dices.
—Lo sé perfectamente. Me marché enfadada, pero no me rendí. Sabía que, en el fondo, Emiliano me quería. Solo necesitaba tiempo para aceptarlo.
Mientras tanto, las sombras del pasado seguían acechándome. Una noche, recibí un mensaje anónimo: “Sé lo que hiciste en tu vida anterior. Te estoy vigilando. ”
No sabía quién me lo enviaba, pero sentía un escalofrío recorriéndome el cuerpo.
La policía llamó a mi puerta unos días después. Dalia López, una compañera de clase, había aparecido muerta. Y las pruebas apuntaban a mí. —Señorita Solís, necesitamos que nos acompañe a comisaría.
—¿Por qué? Yo no he hecho nada. —La señorita Ríos la ha acusado de asesinato. Me llevaron para interrogarme.
Las horas se hicieron eternas. Pero Emiliano apareció a mi lado, junto con un abogado, y no se movió de allí hasta que me soltaron. —¿Cómo estás? —me preguntó, abrazándome en la puerta de mi casa.
—Asustada. Alguien me está tendiendo una trampa. —No te preocupes. Yo te protegeré.
—No quiero que te pase nada por mi culpa, Emiliano. —A mí no me va a pasar nada. Estaré siempre a tu lado. Durante los días siguientes, investigamos por nuestra cuenta.
Santiago, arrepentido de todo el daño que me había causado, decidió ayudarme. —Valeria, sé quién pudo ser el asesino de tu vida anterior —me confesó una tarde, con la voz temblorosa—. No era quien dijeron las noticias. —¿Qué quieres decir?
—Todo lo que dijeron era falso. El asesino se había inventado una identidad falsa. —¿Y cómo sabes eso? —Llevo años investigando.
Cuando supe que habías regresado, quise compensar todo el daño que te había causado. No sabía si creerle, pero sus datos coincidían con mis recuerdos. Alguien había estado manipulando las sombras para que nunca encontráramos la verdad. Una noche, mientras paseaba por el campus, alguien me empujó desde lo alto de una colina.
Rodé por la pendiente, sintiendo cómo los huesos se me rompían. Cuando desperté, estaba en el hospital, con la pierna escayolada y Emiliano a mi lado. —¿Qué ha pasado? —balbuceé.
—Alguien te ha atacado. Pero ya estás a salvo. —¿Han encontrado a quien lo hizo? —Todavía no.
Pero no te preocupes. No te dejaré sola ni un segundo. Apreté su mano con fuerza. Sentía el miedo recorriéndome cada poro de la piel.
Alguien me quería muerta. Y esa persona llevaba años esperando. Don Ernesto, debilitado por la operación, no dejaba de preocuparse por mí. Pero yo no podía contarle la verdad.
Nadie la entendería. Una tarde, mientras conversábamos en el jardín, me confesó algo que me dejó helada. —Valeria, creo que el accidente de tus padres no fue un accidente. —¿Qué quieres decir, abuelo?
—Alguien provocó el incendio del barco. Querían matarlos a ellos y acabar con toda la familia. Sentí que el suelo se hundía bajo mis pies. Mi vida entera había estado marcada por la muerte.
Pero alguien la había estado planeando desde mucho antes. —¿Quién pudo hacer algo así? —No lo sé. Pero tengo la corazonada de que ese alguien sigue cerca.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el fuego, veía las llamas devorando mi cuerpo, veía a Emiliano muerto frente a mi tumba. Una noche, llamé a Emiliano. —¿Puedes venir?
—¿Qué pasa? —Tengo miedo. Alguien me está observando. Llegó en menos de diez minutos.
Nos sentamos en el sofá, en silencio, sintiendo el peso de todo lo que nos unía y separaba. —Valeria, hay algo que tengo que decirte. —Dime. —No sé qué habrá pasado en tu vida anterior.
No sé si lo que dices es real o fruto de tu imaginación. Pero sé una cosa: te quiero. Te quiero más que a nada en este mundo. —Yo también te quiero, Emiliano.
Pero no quiero que te pase nada por mi culpa. —No me va a pasar nada. A menos que tú me dejes. Le sonreí, sintiendo una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Por fin, estábamos en el mismo lugar. Los días pasaron. La policía encontró a un hombre que confesó haber matado a Dalia López. Era un delincuente con antecedentes que se suicidó en su celda.
Pero yo no me lo creí del todo. —¿Y si es un chivo expiatorio? —le pregunté a Emiliano. —¿Por qué lo dices?
—Porque todo es demasiado perfecto. Demasiado limpio. —Hagas lo que hagas, no te metas en líos. —No te prometo nada.
Emiliano suspiró, pero no insistió. Sabía que yo no descansaría hasta encontrar la verdad. Una noche, mientras paseábamos por el mirador que daba al valle, Emiliano se detuvo. —Valeria, esto es lo que quería enseñarte.
—¿Qué es? —La vista. Desde aquí se ve toda la ciudad. —Es preciosa.
—Pero no es lo único que quería enseñarte. Sacó un anillo del bolsillo. Un anillo de plata con una piedra azul que brillaba bajo la luz de la luna. —Este era el anillo que iba a darte en mi vida anterior —dijo con la voz rota—.
Cuando descubrí que te habías ido con Santiago, lo tiré. Pero lo busqué durante años, hasta que lo encontré. Estaba escondido en un cajón de mi habitación, como si me hubiera estado esperando. —Emiliano…
—No te estoy pidiendo que me des una respuesta ahora. Solo quiero que sepas que siempre he estado contigo. Y que siempre lo estaré. Le cogí el anillo con las manos temblando.
Lo deslicé en mi dedo y sentí que el mundo entero encajaba. —Emiliano, te quiero. Y no voy a esperar a graduarme para decírtelo. —Yo no soy fácil de querer.
—Eso dímelo a mí. Me besó. Fue un beso largo, profundo, como si quisiéramos recuperar todo el tiempo perdido. Cuando nos separamos, ambos nos reíamos, sintiendo que la vida volvía a tener sentido.
—Prométeme que no volverás a arriesgar tu vida por mí —le dije. —Prométeme tú que no volverás a morir. —Te lo prometo. Y esta vez, la promesa era real.
Las semanas siguientes fueron las más felices de mi vida. Compartíamos cada momento: desayunos, estudios, paseos, secretos. El amor había florecido entre nosotros, y ya nada podía separarnos. Pero las sombras no desaparecían.
Un día, mientras volvía a casa, sentí que alguien me seguía. Me giré, pero no vi a nadie. Sin embargo, una presencia me envolvía, amenazante, como una advertencia. Cuando llegué a casa, Emiliano estaba esperándome en la puerta, con el rostro pálido.
—Valeria, ha llegado una carta para ti. —¿Una carta? ¿De quién? —No lo sé.
Pero no tiene remitente. La abrí. Dentro había una fotografía. Era yo, de niña, jugando en el jardín de la casa de mis padres.
Debajo, escrito a mano, había una frase: “La próxima vez no fallaré. ”
Me quedé sin aliento. Alguien me estaba observando desde hacía años. Y esa persona no se detendría hasta verme muerta.
—Emiliano, tenemos que encontrar a esta persona. —Lo haremos. Pero juntos. —No te arriesgues por mí.
—Eso no lo decides tú. Nos abrazamos, sintiendo el miedo y el amor mezclados. Sabía que el peligro era real. Pero también sabía que, con Emiliano a mi lado, estaba dispuesta a enfrentarme a cualquier cosa.
Porque ya no tenía miedo. Porque quería vivir. Y quería vivir con él.