Tenía setenta y cuatro años cuando descubrí que mi propia hija me estaba robando. No me lo dijo nadie con palabras. No encontré una carta ni un recibo que me abriera los ojos. Simplemente un día, una tarde, una conversación que no debía tener ningún valor especial se me quedó clavada en la cabeza, y ahí empezó todo a caerse.

Yo soy Lupita Herrera, aunque todos me conocen por ese nombre que ya no sé si es mío o de la criatura que más quiero en este mundo. No soy mujer de pedir ayuda. Nunca lo fui. Desde los veinte años entendí que el mundo no espera a nadie y que si uno no corre detrás de lo que quiere, se queda sin nada.
Así que corrí. Crié sola a mi hija Fernanda, trabajando dos turnos cuando hacía falta, lavando ropa ajena los sábados, cosiendo a mano cuando ya era de madrugada y las rodillas me dolían más que el hambre. Todo porque Rogelio, mi marido, decidió un día que la paternidad no era para él. No fue muerte, fue decisión suya.
La casa se quedó sin él y yo me quedé con una hija de tres años y con la entereza de quien sabe que llorar no paga las cuentas. Pasaron los años y fui construyendo una vida pequeña pero mía, una casita en la colonia Lindavista en Querétaro, con dos salas chicas, tres recámaras y una cocina que se convirtió en el corazón de la casa. Cada ladrillo de esas paredes me conocía. Sabía dónde estaban las marcas en el piso de los escalones, el olor a humedad de la época de lluvias, el rincón del patio donde sembraba mis plantas en macetas viejas.
El cuarto de Rogelio lo mantuve igual durante años, por costumbre, y después por una extraña forma de consuelo, como si el silencio de esas paredes me susurrara que no todo estaba perdido. Fernanda creció bonita y lista, como decían sus maestras. Era aplicada, la querían en la escuela, y yo me moría de orgullo en secreto, con ese dolor seco en el pecho que uno siente cuando ve que el esfuerzo de toda una vida sí sirvió para algo. Se graduó en administración, consiguió un buen empleo, y cuando yo cumplí sesenta y tantos, ella me mandaba dinero cada mes, me insistía en que dejara de trabajar, que descansara, que ya era tiempo.
Yo le hacía caso cuando quería, pero mi cuerpo ya no respondía igual y el orgullo de sentirme útil no se borraba con un simple te quiero. Fernanda se casó con un muchacho llamado Lucas, un joven guapo, bien hablado, que parecía sacado de un anuncio. La boda fue bonita, en una hacienda a las afueras de la ciudad, y cuando nació la niña, me pidió que fuera yo quien le pusiera el nombre. Yo elegí Lupita, por mí, y todos le dijeron Lupita o Lupitita para no confundirnos.
Esa criatura me cambió la vida. Pasaba horas cargándola, mirándole la cara, sintiendo que la vida me devolvía algo de lo que me había quitado. Pero la felicidad nunca fue una huésped permanente en mi hogar. Lucas se fue diluyendo de la vida de mi hija poco a poco, primero con un tono más seco en la voz, después con excusas los fines de semana, hasta que un día Fernanda me llamó llorando.
Había llegado a casa y él ya no estaba. Se llevó sus cosas, dejó una nota corta y punto. Se acabó la relación, como se apaga una vela. Yo hice lo que hace cualquier madre.
Fui a su casa, empaqué las maletas, cargué a la niña y me las traje a la mía. Vivieron conmigo casi dos años. Fueron los años más agotadores y más hermosos que recuerdo. La casa se llenó de voces otra vez, de llanto de bebé, de sueños de niña, de la comida que preparaba en el mismo fogón de siempre, pero ahora para dos bocas más.
Fernanda se reorganizó como pudo. Encontró trabajo, alquiló un departamento más grande, metió a la niña a una buena escuela. Yo las visitaba una vez por semana, a veces dos, y me iba caminando despacio por esas calles que ya conocía de memoria, viendo a las demás señoras desde su ventana, viendo a los niños jugar en la banqueta, preguntándome sin preguntármelo si el futuro nos traería más de lo mismo. Algo me decía que no todo estaba bien, que la calma era demasiado grande para ser sincera.
Pero una madre no quiere creer esas cosas de su hija, así que cerraba los ojos y seguía. El cuerpo empezó a avisarme a los sesenta y ocho que ya no era la misma. Las rodillas me dolían al subir las escaleras, la vista se me nublaba en la noche, y un día resbalé en el baño. No me pasó nada grave, pero el susto me quedó en los huesos.
Fue la primera vez que entendí que mi cuerpo ya no me acompañaba con la fuerza de antes. Fui al médico, como Fernanda me insistía, y me habló de artritis, de presión alta, de tomar las cosas con calma. Pero qué sé yo de ir despacio cuando toda mi vida la pasé corriendo para alcanzar las cosas que nadie me regaló. Las señales llegaron lentas, tan lentas que al principio me parecieron simples coincidencias.
Fernanda empezó a preguntarme por la casa, por los papeles, por las escrituras. No con malicia, al menos no que yo notara en el momento, sino como quien pregunta por algo que no le importa mucho pero que le resulta útil saber. Un domingo, mientras la niña jugaba en el patio, mi hija se me acercó con una taza de café en la mano y me soltó la pregunta que jamás se me olvidará: Mamá, ¿tienes los papeles de la propiedad guardados? Sí, hija, en el cajón de arriba del escritorio, donde siempre los he tenido.
¿Por qué? Nada, solo quería saber si estaban en orden. Fui al banco el otro día y me acordé de que nunca me habías hablado de eso. No le di más vueltas al asunto, pero esa noche, mientras picaba chayote para la comida, algo me detuvo con el cuchillo en el aire.
No había sido el tono de una hija preocupada por su madre, era el tono de alguien que estaba llevando un inventario. Me quedé mirando la pared sin ver nada, y por un segundo me invadió una sensación extraña, fría, como cuando uno intuye que algo se está moviendo en la oscuridad y no sabe todavía hacia dónde. Pero luego sacudí la cabeza y seguí picando, pensando que estaba exagerando, que la edad me estaba volviendo desconfiada y que no había nada que temer. Porque lo juro, eso fue lo que pensé.
Me lo repetí tantas veces que casi me lo creo. La primera vez que desapareció algo no me di cuenta del todo. Era una cajita de madera, que guardaba con las escrituras de la casa, y que daba vueltas por ahí siempre, sobre el buró de mi recámara. Tenía un valor sentimental enorme porque fue lo único que Rogelio me dejó cuando se fue: una cajita de madera que le había hecho un tío suyo, con una rosa tallada en la tapa.
No valía nada en dinero, pero para mí era un tesoro. Un día la busqué para mostrarle a una vecina una mañanita que guardaba adentro, una moneda de cuando yo tenía diez años, y no encontré la caja por ningún lado. Miré en todos los cajones, debajo del colchón, en la repisa del baño, en la cocina. Nada.
Pensé que la habría movido de lugar sin querer, que la habría guardado para que no se perdiera, que la vejez me estaba jugando una broma pesada. No le dije nada a nadie, pero la ausencia de esa cajita se me quedó rondando en la cabeza, como una piedrita en el zapato. La segunda vez, el asunto fue más serio. Yo guardaba unos ahorritos en un sobre amarillo, dentro de una bolsa de tela que tenía escondida en el fondo del clóset, entre las sábanas viejas.
No era mucho, eran quizás diez mil pesos que había ido sumando de las ventas de mis plantas, de lo que me daba mi hija, de lo que iba juntando de más en las fiestas. Cuando fui a buscar el sobre para pagar una reparación del techo que estaba lloviznando, el sobre estaba vacío. La bolsa seguía ahí, las sábanas seguían ahí, pero del dinero no quedaba ni un solo billete, ni siquiera las monedas sueltas que siempre metía en el mismo lugar. Me quedé sentada en la orilla de la cama sin poder respirar, con las manos temblorosas.
Y lo supe. Lo supe en el momento mismo en que vi esa bolsa vacía que no era sola. No había sido un ladrón, porque la casa no estaba forzada y la puerta no había sido tocada. Solo yo tenía las llaves, solo yo, porque había dado una copia de las llaves de mi casa a Fernanda hacía un año, para que pudiera entrar a revisar si algún día yo estaba enferma.
Pero, ¿cómo podía yo acusar a mi propia hija? ¿Qué clase de madre piensa eso de la criatura que crió, que alimentó, que sacó adelante? No, no, era imposible. Me dije a mí misma que me habría equivocado de lugar, que el dinero habría caído en algún rincón, que con la edad uno de las cosas se desubica.
Pero la sensación no se fue con las excusas, fue avanzando despacito, llenando mis noches de insomnio, quitándome el ánimo para las actividades que me gustaban, la iglesia ya no me calmaba, el patio ya no me distraía. Fernanda seguía viniendo a visitarme, los domingos como siempre, y yo fingía que nada pasaba. Pero mis ojos no eran los mismos. La miraba con otros ojos.
La veía llegar con mi nieta, la veía sentarme a la mesa de la cocina, platicar, reírse, contarme chismes del trabajo, de la escuela de la niña, de sus novios que según se le habían acabado y que no quería más nada. Y yo escuchaba todo con una sonrisa puesta, pero por dentro mi corazón latía como un tambor, porque yo ya no veía a mi hija, yo veía a una mujer que entraba y salía de mi casa como si fuera suya, una mujer que sabía exactamente dónde estaban las cosas, que se ofrecía a guardarme la despensa, a acomodar el ropero, a ayudarme a limpiar los cajones del escritorio. Qué torpe fui, pensaba yo, qué ciega estuve durante tanto tiempo sin ver la trampa que me tendía delante de mis narices. Y lo peor de todo es que no podía hacer nada sin pruebas claras, porque acusarla sin tenerlas me volvería la peor madre del mundo a los ojos de la gente, y porque por más dolor que me causara mi hija, jamás pensé que llegaría el día en que yo la odiara.
El choque definitivo llegó un domingo por la tarde, cuando Fernanda se fue con la niña y yo me quedé sola en la casa, con el corazón hecho un puño. Antes de irse me dio un beso en la mejilla, me dijo que me viera por la salud, que el médico le había dicho que debía cuidarme, que ya era una señora mayor y que debía pensar en mi nieta. Me quedé helada en la puerta, viendo cómo se alejaba, sintiendo que la vida me había dado una bofetada sin avisarme. Ese mismo día, sin pensarlo dos veces, busqué en las llaves que le había dado, pero no, no la confronté todavía, la seguí el rastro a través de mis propios recuerdos.
Me acordé de la cajita de madera de Rogelio, desaparecida sin dejar rastro, del sobre amarillo vacío, de las preguntas repetidas sobre las escrituras semanas atrás. Todo encajaba, como una rompecabezas que no quería ver. A la mañana siguiente fui al banco, con el corazón en un puño, y pedí que me dieran el estado de cuenta de una cuenta que tenía desde hacía diez años, una cuenta de ahorros que me había abierto Fernanda cuando yo cumplí sesenta y cinco, para depositar ahí la parte de mi pensión. Nosotras, las dos, éramos las titulares, porque a Fernanda se le ocurrió que si un día me pasaba algo, ella podía administrar mejor el dinero.
Yo accedí sin dudar, porque era mi hija, porque en quien iba a confiar entonces, y porque me parecía una buena idea tener a alguien joven que velara por mis intereses. Cuando la cajera me imprimió los estados de cuenta, mis manos se negaban a levantar la vista, temblando sobre esas hojas que estaban frente a mí. Los tres primeros meses vi el saldo y no entendí, porque la cifra era mucho menor de la que debería haber, ni siquiera me alcanzaría para pagar las medicinas que necesitaba con urgencia después de mi última hospitalización por los riñones. Avancé a la página siguiente y ahí estaban todas las respuestas: retiros de efectivo cada semana, transferencias a una cuenta que no reconocía, pagos de tarjetas de crédito que nunca había solicitado, pagos de tiendas departamentales que yo no frecuentaba, un cargo por una casa que no conocía.
Había sido un saqueo silencioso, metódico, que se había ido gestando durante meses, quizás un año, quizás más, y yo, con el paso de los meses, sin poder evitarlo, vi cómo mi nombre se iba llenando de deudas por los lados que yo nunca supe que existían. La cajera me dijo Señora Lupita, ¿se siente bien? y yo le dije que sí, que solo estaba un poco cansada, y salí del banco caminando como la gente borracha, sin rumbo, hasta que me senté en una banca de la plaza, sin ver nada, escuchando nada más los ruidos de la ciudad, los carros, la gente, los pájaros, y no pude llorar. No me salieron lágrimas.
Me quedé seca, con un dolor en el pecho que no me dejaba respirar, con el asco amargo de la traición que subía por la garganta. Mi hija me había robado durante meses, me había mentido a la cara sonriéndome, me había hecho creer que me quería, y yo me lo había creído todo porque era más fácil que ver la verdad. No la llamé, no la confronté, no fui capaz de darle el placer de verme suplicar o llorar. Me quedé varios días en silencio, dando vueltas por la casa, tocando las paredes que ya no sentía mías, comiendo solo lo que caía en mis manos, con el teléfono sonando y sin atender porque no quería oír su voz pidiéndome dinero prestado para algo que se le había ofrecido la niña, porque sabía que en cuanto oyera su tono dulce, iba a floja.
Pero no llamé, y el que sí llamó fue él, el hombre más inesperado que jamás cruzó por mi vida, un viejo conocido, compañero de la secundaria de mi hermano que se llamaba don Constantino, un hombre viudo, retirado, que vivía en el mismo barrio desde hacía cuarenta años y que a veces nos visitaba para convivir. No me acuerdo bien de cómo nos encontramos, si fue en la tienda, si fue en la plaza, si fue en misa, pero de que nos encontramos, nos encontramos. Él me vio la cara, me vio la tristeza, se sentó a mi lado en la banca de la plazoleta y me dijo, con esa voz tranquila que lo caracterizaba, que no tuviera miedo de contarle lo que me pasaba. Y porque era un extraño, un desconocido que no tenía ningún interés en mi casa ni en mi dinero, porque ya tenía lo suyo, le conté todo.
Le hablé de la caja vacía, del sobre que se vació, de las escrituras de las que mi hija preguntaba tan seguido, de las llamadas de Fernanda que siempre le costaba despegar, del estado de cuenta del banco que vi y me rompió el corazón, de la sensación de que mi propia sangre me había estado sangrando sin que me diera cuenta. No me juzgó, no me dijo que exageraba, no me dijo que yo había inventado todo, y su silencio era un mensaje claro de que me creía. Me preguntó cuánto tiempo llevaba en esa situación y me dijo que era hora de actuar, pero de manera fría y estratégica, sin avisar a nadie, sin dar pistas, con la calma de un hombre mayor que ha visto demasiado de la vida. Yo no estaba segura de poder hacerlo, porque Fernanda seguía siendo mi hija, mi única hija, y por más que me hubiera vaciado el bolsillo, no sabía si yo tendría el coraje de hacerle frente a la calle, de denunciarla, de destapar la olla.
Don Constantino me habló de sus años en el banco, de que había visto muchas cosas, de que la propia mujer había intentado sacarle dinero a su hermana, de que no era un pecado defenderse. Me dijo que la traición de los hijos era la más dolorosa porque venía de la sangre que una lleva en las entrañas, y que, sin embargo, a veces había que soltar por la fuerza, no por dejar de querer, sino porque el amor se convierte en una correa que te demanda dinero, que te exige silencio, que solo quiere ver cómo te quedas sin nada. Me acompañó al banco, me acompañó a dar parte de los hechos a una asesoría legal, me ayudó a hacer las copias de los estados de cuenta, a mandar cartas certificadas a la comisión bancaria. Fue él quien se puso al volante cuando yo ya no podía manejar del coraje, quien escuchó de nuevo una y otra vez mis dudas, mis miedos, mis ganas de llamar a Fernanda y gritarle todo lo que me guardaba dentro.
No me dejó colgar el teléfono, no me dejó retroceder. Me dijo que cuando ella viniera a pedirme dinero prestado otra vez, que le dijera que no, que no tenía, que había tenido gastos médicos, y que, sobre todo, que no le diera a entender que yo sabía nada, porque de lo contrario se iba a esconder y no me iba a devolver jamás un peso. El domigo siguiente, Fernanda llegó como siempre con la niña, y yo la esperé con el estómago hecho un nudo, con las manos temblando bajo la mesa. Se sentó en la misma silla de siempre, puso la misma sonrisa de siempre, me preguntó cómo me había ido la semana, que me veía más pálida, que debía tomar vitaminas.
Me dijo que había una promoción en una tienda de electrodomésticos, que la bicicleta que le gustaba a la niña estaba casi regalada, que necesitaba un adelanto de mi pensión, nomás para no dejar pasar la oportunidad, que ella me pagaba la próxima quincena, que, si no, volviamos a la misma historia de siempre, que yo la avoricera. Me quedé mirándola fijamente, viendo cómo las palabras salían de su boca sin ningún rubor, como si fuera lo más natural del mundo, como si yo no me hubiera enterado de nada. Le dije que no, que no me quedaba dinero, que me habían salido gastos de la casa, que estaba ahorrando para una emergencia, que tenía que cuidarme, que la veía de edad ya. Fernanda puso cara de susto, una cara exagerada, como si le hubiera dicho que me iba a morir, y me dijo que si no confiaba en ella, que yo, que nunca me quejé de eso, que si acaso la veía con malos ojos, que dónde estaba su herencia, que lo que más había vivido siempre era de su madre.
No sé de dónde saqué el coraje, tal vez porque ya tenía la espalda contra la pared y no me quedaba más que defenderme. No le grité, no la acusé de lo que sabía, no le mencioné ni el banco ni el dinero vacío, solamente le dije con voz firme que la casa me la dejó a mí mi marido, que estaba a mi nombre, y que yo pensaba vivir ahí hasta que Dios me diera más años. Le dije que no tenía por qué rendirle cuentas a ella, y que si necesitaba dinero, trabajara, como lo hice yo toda la vida. Fernanda se quedó muda, con la boca abierta, no tanto por el contenido de mis palabras sino por el tono, un tono que ella nunca me había escuchado usar, un tono seco que ya no era de una madre, sino de una mujer que se está defendiendo de su atacante.
Después de que se fuera, casi sin despedirse, que se llevó a la niña tirando de la mano, me quedé temblando en el sillón, con los ojos ardientes, pero no de llorar, sino de la adrenalina, de la rabia, de una fuerza que no sabía que me quedaba adentro. Don Constantino me llamó por la tarde y me preguntó cómo había salido todo, y yo le conté lo poco que hablé, que no le dije nada, que no la enfrenté, que solo le negué el dinero. Me felicitó, me dijo que no aflojara, que ese era el primer paso, y que si quería, al día siguiente la acompañaba a dar parte a la Fiscalía, porque lo que ella había hecho era desvío de fondos, fraude, abuso de confianza, y que teníamos las pruebas del banco para respaldar, que no me sintiera sola, que él iba a estar conmigo en todo lo que necesitara. Fui con él.
No pensé más en las habladurías del barrio, ni en lo que iba a decir la familia, ni en las vecinas que me iban a ver llegar a la Fiscalía. Puse el dedo en la llaga y presenté la denuncia, nombrándola a ella, a mi propia hija, con los estados de cuenta en la mano, con el sobre vacío, con la cajita de madera que nunca apareció y que hoy sé que probablemente fue a parar a alguna casa de empeño. La denuncia la recibieron sin muchas preguntas, me dijeron que iba a ser un proceso largo, que era mi palabra contra la de ella, pero que las pruebas estaban a la vista, que mi abogada se iba a comunicar conmigo y que no me preocupara, que la justicia tarda en llegar pero que llega, aunque a veces yo ya no la esperaba. Los días siguientes fueron un remolino.
Fernanda no volvió a aparecer por mi casa, ni siquiera para traerme a la niña, y eso fue lo que más me dolió, que usara a mi nieta como arma, que me privara de ver los ojos que me recordaban a la vida que tenía antes de la traición. No supe nada de ella durante semanas, ni siquiera para saber si estaba bien, hasta que un día me llegó a la casa un chico con una notificación para mí. Me la leí llorando, porque no entendía, pero la letra era clara: me estaban demandando. Fernanda me demandaba por la posesión de la casa, alegando que tenía derecho a una parte de la propiedad por haberse quedado a vivir conmigo durante esos dos años, porque según ella, ella había hecho aportaciones, había cuidado de mí, había hecho mejoras en la propiedad, que sin ella yo no habría podido seguir en pie.
Me quedé de piedra, sin saber si llorar o reír, porque se trataba de otra mentira más, de su defensa absurda para evadir la justicia. Fui a ver a don Constantino y le mostré la notificación, y por primera vez lo vi fruncir el ceño con seriedad, no porque la defensa de Fernanda tuviera pies, sino porque sabía que esto se iba a poner feo, que mi hija no se iba a quedar quieta, que iba a intentar pintarme como una anciana enferma, desmemoriada, con Alzheimer, que la había estado acusando injustamente para tapar mi propia irresponsabilidad. Ahí, en ese momento, sentí que el piso se me abría, que no tenía más fuerzas para pelear contra mi propia sangre, que quizás era mejor dejarle la casa y desaparecerme, que a mi edad ya no me quedaba nada que defender, pero entonces apareció mi orgullo, ese mismo orgullo que me hizo salir a trabajar de sol a sol sin pedir nada a nadie, ese orgullo que me sostuvo siempre, y decidí que no, que no me iba a dejar vencer, que había luchado toda mi vida, que no iba a soltar lo único que me quedaba para que mi hija se lo llevara todo con mentiras. La pelea legal duró meses.
Meses de juntas con abogados, de documentos, de peritajes, de visitas a esta y aquella dependencia, meses viendo cómo Fernanda se iba a pintando en el patio, en la banqueta, porque cuando nos encontrábamos en las audiencias, ella ni me miraba, jugaba con el teléfono, hacía como que no me conocía, y a mí se me partía el corazón igualito que la primera vez que me la quitaron del pecho para llevármela a la enfermería. Don Constantino no se separó de mí ni un solo instante. Se sentaba en la sala de espera conmigo, me repetía una y otra vez que no perdiera los estribos, que ella tenía que demostrar sus acusaciones, que la casa estaba a mi nombre desde hacía treinta años y que no había forma de que ella se la quedara sin una justificación real. La prueba más fuerte llegó de parte de la Fiscalía, cuando presentaron el resultado de la investigación de sus cuentas: Fernanda se había gastado el dinero de mi pensión en comprar un auto nuevo para su novio, en ropa, en salidas a comer, en las puras jaladas que yo nunca supe, y que, además, había endosado un cheque a su favor con la firma falsificada de su madre.
El juez la miró con dureza cuando ella negó su firma, y yo la vi palidecer al lado de su abogado, supe que ya estaba perdida. No les voy a contar el final porque fue un desenlace que la justicia se encargó de resolver, y además, para entonces, ya no me importaba ni el dinero ni la casa, ni siquiera si me la quitaban, lo único que me dolió hasta los huesos fue ver a la niñita que moví en mis brazos convertir en una mujer capaz de mentir en la cara de un juez, de negar que era mi hija cuando la señora del juzgado le preguntó si esa era la señora de la casa, de mirarme a los ojos con el rencor que nunca pensé que pudiera caber en el fondo de su corazón. Al final, el juez me dio la razón en todo, ordenó que ella me regresara la parte del dinero que había desviado y que el terreno fuera declarado como propiedad exclusiva de su madre, pero Fernanda no cumplió con la devolución, por supuesto, se declaró en quiebra y se esfumó de la ciudad, dejando la denuncia por fraude en el aire, sin que pudieran dar con ella. Me quedé con la casa, con mi salud hecha trizas por el desgaste y el coraje, pero con la cabeza en alto.
Me quedó el consuelo de que por lo menos no la veo venir nunca más, porque se fue sin dejar rastro, sin siquiera una dirección a la que yo supiera que estaba mal, y aunque la extraño como se extraña a una hija, esa clase de respiración que ya no puedo utilizar, prefiero seguir viva a tenerla cerca con ese cariño falso que me arruinó los últimos años de mi vida. Hoy, un año después, ando otro senderito, sembrando tomates y zanahorias en mi patio, tomando café de olla todas las tardes con don Constantino, que ahora es mi compañero, así sin trampa alguna, un hombre bueno que me acompañó cuando más lo necesité, que me recordó que todavía tengo mucha vida por delante. Mi nieta, Jessica, me llama de vez en cuando, desde el otro lado, porque se salió de la preparatoria y se fue con una tía lejana, pero no es lo mismo. No es que ya no quiera a mi hija, creo que ya no sé cómo se quiere después de lo que me hizo, pero me queda la calma de haber luchado, de no haberme dejado robar lo poco que me tocó, porque el que no pelea, se deja llevar por la corriente, y yo, a mis setenta y cuatro años, todavía aprendí que nadie me va a venir a dar la mano si yo no me doy primero.
La vida me enseñó a desconfiar, pero también me enseñó a agradecer, y en esta etapa de mi vida me agradezco a mí misma por haberme defendido, por haber creído en mí cuando nadie más lo iba a hacer. Caminé de la mano de una traición, pero salí con la frente en alto, y eso, mis queridos, no me lo puede quitar nadie, ni siquiera la hija que tanto quise.