Nada más coger el plato, Shingo lo lanzó directamente a la basura. Sin probarlo, sin mirarlo siquiera con atención. Yo me había pasado horas en la cocina, cuidando cada detalle, colocando cada ingrediente con esmero para que el plato tuviera una presencia digna de un restaurante. Pero a él le daba completamente igual.

—¿Cómo puedes decir que está malo si no has probado ni un bocado? —El simple hecho de que lo hayas hecho tú me da asco. Eso era todo. De su boca ya no salía más que desprecio hacia mí.
Y aquel día, además, decidió llevarlo hasta el final. —Estoy harto de estar contigo. Hoy nos divorciamos. Y como prueba de que llevaba tiempo planeándolo, sacó un formulario de divorcio ya cumplimentado, con su firma puesta.
Yo no entendía nada. Había tratado de hacer las cosas bien, de mejorar, de recuperar lo que teníamos. Pero él ya había tomado su decisión. Aun así, me quedaba una última pregunta.
—¿Qué le pasaba exactamente a la comida de hoy? —El problema es que la hiciste tú. —Entonces deberías saber que eso que acabas de tirar no lo hice yo. En ese momento, desde la habitación contigua, apareció Ayumi.
—¿De verdad ha tirado todo lo que me esforcé en preparar? Me llamo Mako Kurata. Tengo treinta años y trabajaba como oficinista mientras vivía con Shingo, mi marido, cuatro años mayor que yo. Nos conocimos hace tres años, gracias a una amiga en común.
Por entonces acababa de romper con un novio que tenía desde que empecé a trabajar y estaba muy hundida. Mi amiga organizó una cena para animarme. Al principio solo estábamos ella, su marido y yo. Pero al cabo de un rato apareció Shingo, que llegó tarde.
Aunque trabajábamos en empresas diferentes, los dos éramos oficinistas, así que pronto empezamos a quejarnos de nuestros jefes y a hablar de los problemas del trabajo. Fue increíblemente fácil congeniar. Aquel día intercambiamos los contactos y seguimos viéndonos a solas de vez en cuando. Estar con Shingo me reconfortaba el alma, y sin darme cuenta me fui enamorando de él.
Parecía que él sentía lo mismo por mí, así que empezamos a salir. Un año después, me pidió que me casara con él y acepté. Nuestra vida de casados fue un auténtico remanso de paz. Shingo alababa siempre mi cocina, decía que estaba deliciosa y siempre repetía.
Me encantaba oírlo, así que cada día me esforzaba aún más en la cocina. Hasta mi suegra, que desde el principio me había mirado con malos ojos, reconocía que mi comida era buena. Para mí, cocinar era mi mayor orgullo. Los días libres salíamos juntos a buscar ingredientes nuevos.
Íbamos a todas partes acompañados. Era feliz con solo estar a su lado, y creía que nuestra vida seguiría así para siempre. Pero cuando llevábamos dos años casados, la actitud de Shingo cambió de golpe. La comida que antes devoraba con gusto empezó a parecerle incomestible.
—Esto no hay quien se lo trague. —¿Qué te pasa? Antes decías que estaba buenísima. —Antes lo aguantaba, pero ya no puedo más.
Y para demostrar su desprecio, escupía la comida a propósito, haciendo gestos de asco. Yo probaba mis propios platos y no les encontraba nada raro, ningún error de condimento que justificara aquello. Pero Shingo tiraba la comida entera a la basura sin piedad. —¿Por qué haces eso?
—La culpa es tuya por cocinar tan mal. Si te molesta, hazme algo que me deje sin palabras. Yo me quedaba mirando la comida en el cubo de la basura, con los ojos llenos de lágrimas. ¿Qué había hecho mal?
Desde ese día, Shingo no volvió a probar mi comida. Pero yo seguí cocinando para él cada día. —Hoy me ha quedado mejor que nunca. —No la quiero.
No pienso comer algo que tiene tan mala pinta. Ni siquiera cuando preparaba sus platos favoritos. Poco a poco empecé a no saber qué hacer. Pensé que quizá tenía algún problema de gusto, pero el médico no le encontró nada.
Se la di a probar a una amiga y me dijo que estaba deliciosa. Si mi forma de cocinar era correcta, entonces Shingo debía de estar enfadado conmigo por alguna otra razón. Repasé todo lo que había pasado, pero no encontraba nada que pudiera haberle molestado. —Oye, ¿qué le pasa a mi comida?
¿Te he hecho algo? —Tu comida me da asco. Tu sola presencia me irrita. Aquellas palabras me hicieron muchísimo daño.
—Si hay algo que no te gusta de mí, dímelo y lo cambio. Pero explícamelo bien. —Eso es justo lo que me saca de quicio. Déjame en paz.
Shingo se marchó dando un portazo y no volvió en toda la noche. Me quedé sola, sin poder dormir. A partir de entonces empezó a insultarme incluso por mi aspecto. —Estar al lado de una mujer que ha renunciado a serlo es insoportable.
Día tras día, sus ataques me iban agotando por dentro. Yo no entendía qué le había hecho yo, por qué estaba tan enfadado conmigo. Llevaba una vida de insultos continuos y no podía más. Hasta que Shingo dejó de volver a casa.
Solo me mandó un mensaje diciendo que no volvía. Al día siguiente tampoco apareció, ni el otro. Le escribía y no leía los mensajes, le llamaba y no contestaba. Me pregunté una y otra vez qué había hecho tan mal, pero no encontraba nada.
Yo seguía trabajando igual que cuando nos casamos, no había cambiado mi estilo de vestir, seguía siendo la misma mujer que él conoció. Entonces, ¿qué le molestaba? Aun así, seguí cocinando cada día por si volvía. Preparaba la cena para dos, la dejaba sobre la mesa y esperaba.
Las agujas del reloj pasaban las diez, las once, pero la puerta no se abría. Con el alma vacía, guardaba la comida en la nevera y me metía en la cama. Aun así, seguía creyendo que algún día volvería. Pero pasó un mes, pasaron dos meses, y Shingo no regresó.
Poco a poco dejé de cocinar para él. En aquella casa cada vez me sentía más sola, como si ya viviera sin él. Fue entonces cuando encontré en el buzón un folleto de una escuela de cocina que abría cerca de casa. Decidí apuntarme, sobre todo por recuperar la confianza en mí misma.
Los días libres me quedaba en casa sola y no podía evitar darle vueltas al motivo por el que Shingo se había ido. Además, me aferraba a una esperanza débil: si mi cocina mejoraba, quizá podríamos volver a empezar. En la escuela de cocina no tardé en hacer amigos. Había gente mayor que yo y gente más joven, de edades muy distintas, pero compartíamos la pasión por la cocina.
Intercambiábamos trucos e ideas y me lo pasaba muy bien. Un día, al salir de clase, iba caminando con mis compañeros hacia un café cerca de la estación cuando vi a Shingo. Estaba de pie, mirando el reloj, como si esperara a alguien. En ese momento apareció una mujer claramente más joven que yo.
No podía oír su conversación desde donde estábamos, pero se les veía felices, sonriendo. Hacía muchísimo que no veía a Shingo sonreír así. Me hirvió la sangre. Shingo me estaba siendo infiel.
Decidí no ir al café y seguirlos. Los dos caminaban con el brazo entrelazado, muy cariñosos. Visitaron algunas tiendas y luego desaparecieron dentro de un hotel. Aquel día no recuerdo ni cómo llegué a casa.
Estaba desolada. Había pensado que si yo cambiaba, Shingo volvería, pero él ya tenía a otra persona. Seguramente su actitud se volvió tan fría porque había conocido a esa mujer. Pensar que se quedaba con ella cada noche en lugar de volver a casa me partía el corazón.
No quería, pero la imagen de los dos juntos no se me iba de la cabeza. Las lágrimas me rodaban por las mejillas mientras lloraba a gritos en la oscuridad de mi casa. Al día siguiente me llamó una compañera de la escuela de cocina, preocupada porque me había ido de repente el otro día. No podía contarle que mi marido me engañaba, así que le mentí diciendo que había recordado un asunto urgente.
No sabía qué hacer con mi matrimonio. En ese momento, todavía lo quería. Pensé en pedir consejo a alguien, pero mis padres habían muerto. Con mis suegros solo tenía contacto en Año Nuevo.
Mi suegra, además, me había odiado desde el principio por haberme llevado a su precioso hijo. Si le contaba lo de la infidelidad, seguramente se alegraría y diría que me lo tenía merecido. Tampoco podía contárselo a la amiga que me presentó a Shingo ni a mis compañeros de trabajo. Así que me quedé sola con mis problemas.
Al día siguiente, en la escuela de cocina, mi amiga más joven, Ayumi Kawamura, se acercó a hablar conmigo. —¿Qué pasó el otro día? Te fuiste de repente y todos nos quedamos preocupados. —Lo siento, recordé que tenía que hacer algo.
—Mientes. Mako, tienes algo que te preocupa. Ayumi me sacaba cuatro años, pero tenía una capacidad increíble para observar y entender las cosas. Me pareció que podía darme un consejo sensato, así que decidí contarle lo de Shingo.
Cuando terminé, Ayumi se quedó muy sorprendida y, al mismo tiempo, se enfadó muchísimo. —Es un desgraciado. No tiene remedio. ¿En qué mundo se cree que vive?
Que se enfadara tanto por mí me reconfortó. —Yo de ti lo dejaría sin pensarlo. Tú puedes encontrar a alguien mucho mejor. Que alguien abandone a una mujer tan maravillosa como tú significa que ese hombre está mal de la cabeza.
Ayumi no paraba de criticar a Shingo, y yo no pude evitar soltar una carcajada. Desde que su actitud cambió, yo me había estado culpando una y otra vez. Pero pensándolo bien, era Shingo quien se había buscado una amante joven. Todo era culpa de su egoísmo.
Al darme cuenta, de repente todos mis problemas me parecieron ridículos. —Gracias. Me has quitado un peso de encima. Ayumi me miró con extrañeza, pero yo me sentía liberada.
Había tomado una decisión: iba a divorciarme. Al día siguiente, de camino a casa desde el trabajo, pasé por el registro civil y cogí el formulario de divorcio. Lo cumplimenté en casa, con calma. Preparé la comida que Shingo despreciaba y la probé de nuevo.
Estaba deliciosa. Ya no necesitaba a un hombre que, para ocultar su infidelidad, había estado insultándome y haciéndome creer que todo era culpa mía. El fin de semana siguiente, cuando fui a la escuela de cocina, Ayumi me invitó a una comida. —Estoy preparando un plan muy interesante para esa cena.
Cuando me lo contó, me invadieron la sorpresa y la inquietud. —Es una buena idea, pero ¿crees que funcionará? —Tranquila, déjamelo a mí. Y me guiñó un ojo con toda la inocencia del mundo.
—De acuerdo. Decidí seguirle el juego a su plan. Unos días después, Shingo volvió a casa para recoger ropa. Ni siquiera me miró.
Pasó de largo, directo a la habitación. Yo fingí que no le daba importancia, aunque por dentro estaba furiosa. —He preparado la cena. Me parecía que hoy ibas a venir.
En la mesa había puesto solo sus platos favoritos. —Encima has cocinado para mí. —Sí. Pensé que a lo mejor volvías, y me he esforzado mucho.
—¿Y quién te ha dicho que quiero comer algo hecho por ti? Shingo puso cara de fastidio e hizo ademán de irse. Lo detuve. —Venga, al menos quédate a probar algo.
—Ya te he dicho que no. Solo de mirarte se me revuelve el estómago. Déjame en paz. Me apartó la mano con brusquedad y me clavó la mirada.
Yo necesitaba que comiera. Era imprescindible. —Si me lo comes hoy, te prometo que no volveré a meterme en tu vida. Por favor.
Shingo, a regañadientes, se sentó a la mesa. Pero en cuanto vio los platos puso otra vez cara de asco. —Esto parece basura. Eres incapaz de hacer algo que se pueda mirar.
Cogió el plato y lo tiró entero a la basura. Daba igual el tiempo que hubiera dedicado o lo bien que estuviera presentado, porque a él le traía sin cuidado. Peor aún: era capaz de despreciar algo que otra persona le había preparado sin haberlo probado siquiera. Viéndolo así, mi decisión se reafirmó.
—¿Cómo sabes que está malo si no has probado ni un bocado? —Es cosa tuya, así que malo seguro. Y que lo hayas hecho tú me da asco. De su boca solo salían insultos hacia mí.
—¿Tanto me odias? —Estoy harto. Hoy nos divorciamos. Y volvió a sacar el formulario de divorcio ya firmado, como prueba de que llevaba mucho tiempo planeándolo.
—De acuerdo. Acepto el divorcio. Pero antes dime una cosa. —Ya te lo he dicho.
No soporto estar en la misma habitación que una asquerosa que cocina tan mal. —Pues entonces dime: ¿qué le pasaba a la comida de hoy? —Que la habías hecho tú. —¿Seguro?
Porque eso que acabas de tirar, no lo hice yo. En ese momento, Ayumi apareció desde la habitación de al lado. —¿De verdad ha tirado todo lo que me esforcé en preparar? Hizo un gesto exagerado de decepción.
Shingo se quedó desconcertado un instante, pero enseguida recuperó la compostura. —¿Y tú quién eres? —Te presento a mi amiga de la escuela de cocina. Se llama Ayumi.
En cuanto pronuncié su nombre, una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de Shingo. —Vaya, una amiga igual de manca que tú. Seguro que tampoco sabe hacer nada decente. —Y lo siento, pero solo por ser amiga de esta, tu comida también me da asco.
Sin haber probado ni un bocado, ya estaba insultando la comida de Ayumi. —Qué cruel. Aunque no lo parezca, llevo cocinando desde pequeña y siempre he tenido mucha confianza en mí. Mi familia siempre me dice que está buenísimo.
Ayumi respondió con la voz entrecortada. —¿Tu familia? Vaya, pues debéis ser todos muy tontos. Shingo soltó una carcajada, humillándola.
Pero justo en ese momento, desde la habitación de al lado, apareció el padre de Ayumi, Taichiro Kawamura. —Perdona que seamos tan tontos. Se quedó mirando a Shingo con una expresión dura. Shingo se puso pálido y perdió el equilibrio.
—¿Pre… presidente? ¿Qué hace usted aquí? Y no era para menos. Taichiro Kawamura era el presidente de la empresa en la que trabajaba Shingo.
Aquel día, había accedido a venir a comer la comida que habían preparado su hija y su amiga, aprovechando un hueco entre reuniones. —¿Así que no te gusta nada la comida de mi hija? Taichiro estaba indignado. —No, no, es que… yo pensaba que la había hecho mi mujer…
—Entonces, ¿si la hubiera hecho tu mujer, la tirarías sin probarla y sin dar explicaciones?
Shingo se arrodilló y suplicó, pero Taichiro no dejaba de mirarlo con severidad, criticando que alguien pudiera tirar a la basura una comida preparada con tanto esfuerzo. —¡Espere! Es que la comida de esta mujer es realmente mala. Comerla es peligroso para la salud.
—Ah, ¿y la comida de ella lleva veneno? —Es horrible. Por mucho que se lo diga, no cambia nada. Todos los días me pone unos platos asquerosos, ya no lo aguanto más.
Por eso, sin querer, tiré la comida de su hija. Shingo intentaba justificar que hubiera tirado mi comida y a la vez la despreciaba por completo. —Mentira. La comida de Mako es excelente.
Es de las mejores de la escuela de cocina. Ayumi me defendió, diciendo que tenía nivel para dar clases a los demás. —Si su mujer cocina tan bien, ¿cómo puede decir que lo que hace está malo? —Es que… seguro que a mí me da de comer mal a propósito.
Shingo sudaba a mares, repitiendo excusas sin parar. —Antes has dicho que confundiste la comida de Ayumi con la de tu mujer. Pues la comida de hoy tenía una presencia estupenda y un olor delicioso. ¿Y me vas a decir que eso es comida mala?
—No, no, lo que pasa es que…
Acorralado por Taichiro, Shingo ya no sabía qué decir. —No tengo ninguna pega al divorcio. Será un placer librarme de un hombre tan miserable como tú. Le planté delante el formulario de divorcio que yo misma había preparado.
La cara de Shingo palideció. —Esto es… ¿un divorcio? —Sí, y Ayumi y yo somos los testigos. —Es lo mínimo que puedo hacer por una amiga tan maravillosa de mi hija.
Shingo miró las firmas de Taichiro y Ayumi. Estaba pensando en algo. —Y me vas a pagar la compensación económica y la repartición de bienes. —¿Compensación?
Eso es pasarse. Tú también querías divorciarte. Podríamos dejarlo en un divorcio amistoso. Shingo se rió, diciendo que como los dos trabajábamos, no había bienes que dividir ni razón para pagar nada.
—Pues tengo pruebas de peso para pedirla. Le puse delante el informe del detective y las pruebas de su infidelidad. —¿Cuándo has hecho esto? Cuando decidí divorciarme, Ayumi me animó a contratar a un investigador.
Y gracias a eso descubrí que Shingo tenía una amante desde aproximadamente la época en que empezó a tratarme con frialdad. —Ocultabas tu infidelidad despreciando mi comida, para que todo el mundo creyera que la culpable era yo. —No es eso. La culpa era tuya por no ser una buena esposa.
Si hubieras sido una mujer decente, no habría pasado nada de esto. Shingo incluso se atrevió a decir que yo era responsable de que él me engañara. —Eso no es cierto. Porque ella ni siquiera sabía que estabas casado.
Ayumi abrió el móvil y le enseñó una foto. En ella aparecían su amante y Ayumi, sonrientes, una al lado de la otra. —¿A que no te lo esperabas? En realidad, ella es mi mejor amiga de la universidad.
Sabía que tenía pareja, pero jamás pensé que fuera el marido de Mako. Ayumi contó que la amante trabajaba en la empresa de un cliente muy importante de Taichiro, y que era hija de uno de los directivos. Allí había conocido a Shingo, que le había mentido diciendo que estaba divorciado por culpa de su mujer. Y lo más grave: habían empezado a salir cuando apenas llevaba seis meses casado conmigo.
—Ella confiaba en ti. Eres un traidor. La chica creía que Shingo era un hombre serio y soltero. Le había contado a su amiga que pensaba casarse.
Así que Shingo me veía como un obstáculo para casarse con ella, pero no quería pagar compensación, así que prefirió hundirme e insinuar que yo era la culpable de todo. Estaba esperando a que yo misma pidiera el divorcio. —Parece que al final soy una tonta por haberme dejado engañar. Ante toda la verdad, Shingo no tenía nada que decir y bajó la cabeza.
—¿Pero qué has hecho? ¿Engañar a la hija de uno de nuestros clientes más importantes, acosar psicológicamente a tu propia mujer y encima ir por ahí difamándola para salvarte? Resulta que Shingo también había estado contando mentiras sobre mí en su empresa. Intentó poner excusas, pero Taichiro no quería oírlas.
—Con esto, pierdes toda la credibilidad que tenías. Podemos perder contratos importantes. Taichiro, con el ceño fruncido, le explicó que su comportamiento iba a causar grandes pérdidas. —Estás despedido.
Y te exigiremos una indemnización por los daños. Ve preparándote. —¡Espere, por favor! Reconozco mi culpa, pero no me quite el trabajo.
Shingo suplicó arrodillado, pero Taichiro no cedió. —Te lo has ganado. —¡Mako, por favor! Si me exigen una indemnización, estoy acabado.
Al menos tú, reconsidera lo de la compensación. —Ni hablar. Si no pagas, te denunciaré. Lo aparté y salí de casa junto con Ayumi y Taichiro.
Hasta que encontrara un sitio nuevo, me quedé en casa de Ayumi. Hablando con ella, me di cuenta de lo equivocada que había estado todo ese tiempo. Yo me había culpado incluso de las injusticias de Shingo, pero Ayumi se rio de eso y me hizo recuperar la confianza en mí misma, asegurándome que yo no tenía ninguna culpa. Después, la amante de Shingo se enteró de la verdad.
Furiosa, lo insultó sin piedad. Su enfado llegó hasta su padre, el directivo. La noticia llegó a oídos de su padre, que montó en cólera, y amenazó con cortar todas las relaciones comerciales con la empresa de Taichiro. Con razón.
Shingo había engañado durante años a la hija que aquel hombre había criado con tanto cuidado. El padre ya había contado a todo el mundo que su hija se iba a casar. Se sintió engañado y humillado, tanto por su hija como por él mismo, y amenazó con denunciar a Shingo por fraude matrimonial. Al final no llegó a la vía penal porque era difícil de demostrar, pero, para descargar su rabia, el directivo decidió cortar parte de los contratos con la empresa de Taichiro.
Taichiro le reclamó a Shingo una indemnización por daños. Al mismo tiempo, la amante lo demandó por compensación. Y yo me sumé con mi propia reclamación. El resultado fue que Shingo tuvo que pagar treinta millones a la empresa de Taichiro por daños, tres millones a la amante por compensación y, cuando mi caso se resolvió, el juez reconoció el maltrato psicológico y le ordenó pagarme cinco millones.
Para pagarlo todo, Shingo vendió el piso, el coche de lujo y todos sus bienes. Aun así, no le llegó, así que pidió préstamos. Acabó viviendo en un piso barato y buscó trabajo, pero Taichiro se había encargado de que nadie en el sector quisiera contratarlo. El pobre intentó entonces apoyarse en sus padres, pero ellos, que habían estado gastando sin control contando con que Shingo se casaría con la hija del directivo, lo recibieron con reproches: ¿y quién iba a pagar sus deudas?
Sin trabajo fijo, Shingo se fue hundiendo, hasta que cayó en la bebida y luego en el juego. Ahora vive huyendo de los prestamistas, arruinado, en un piso miserable. Yo, mientras tanto, dejé la casa de Ayumi y empecé una nueva vida. Con el dinero de la compensación saqué el título de asesora nutricional y trabajé duro para abrir mi propio negocio.
Ayumi me apoyó muchísimo, y Taichiro también me echó una mano. Unos meses después, abrimos juntas una cafetería de productos ecológicos y alimentación saludable. Gracias a la capacidad de Ayumi para hacer publicidad, el local no tardó en hacerse famoso y ganamos muchos clientes interesados en la salud. Un día, Ayumi me propuso dar clases de cocina allí.
Era algo que siempre había querido hacer desde que abrimos el local, así que acepté. Una vez por semana, el día de descanso, montábamos el aula y venía mucha gente, sobre todo clientes del local. Han pasado varios años. El negocio creció tanto que ahora tenemos diez locales.
Yo soy la presidente y directora general, y Ayumi es la vicepresidenta. Seguimos trabajando juntas cada día. Hemos salido en revistas, hemos publicado libros de recetas, las clases cada vez tienen más alumnos y hasta damos cursos online. Todos los meses celebramos un encuentro con los estudiantes, hacemos una fiesta con comida que trae cada uno y compartimos ideas.
Eso me hace recordar mis inicios, y me da fuerzas para mantener los pies en la tierra. Ahora tengo una vida plena, tanto económica como emocionalmente. Y pienso seguir caminando siempre hacia delante.